Ruidos que ya no tienen horario, edificios que nunca dejan de estar en obra, vecinos que no se conocen pero se discuten por chat, y countries donde los carpinchos circulan con más tranquilidad que los propietarios. 

En 2026, la vida en propiedad horizontal y en barrios cerrados dejó de ser una cuestión administrativa para convertirse en un fenómeno social, económico y hasta tecnológico

Para entender qué está pasando puertas adentro, habla Martín Eliçagaray, especialista en tecnología aplicada a la Propiedad Horizontal y Founder de Simple Solutions, que viene siguiendo de cerca cómo cambió la convivencia en edificios y urbanizaciones privadas.

“La conflictividad creció, pero no por una sola causa. Es una combinación de temas económicos, cambios culturales y mala gestión de la información”, plantea.

En los edificios de la ciudad, el ruido dejó de ser un problema simple. Ya no es solo música fuerte. Hay máquinas de gimnasio en departamentos, reformas que duran meses y una vida doméstica más intensa. “Los límites de horario se volvieron difusos. Nadie tiene claro cuándo termina el día del otro”, dice.

A eso se suma que los edificios de Buenos Aires están siempre en obra. “Hoy es muy raro encontrar un edificio donde no haya refacciones simultáneas”, explica Eliçagaray.

Entre arreglos estructurales, reciclajes internos y mantenimiento postergado, la sensación es que nunca se termina.

Las mascotas también entraron en escena con más fuerza. Más perros, más tensiones. Hay consorcios donde el debate ya no es si se permiten, sino cómo convivir. Ladridos, uso del ascensor, higiene. “Todo eso escala rápido si no hay reglas claras, dice el especialista”

Luego, los expertos ponen la lupa en los espacios comunes, que dejaron de ser un beneficio para transformarse en terreno de disputa. SUM, parrillas, terrazas, gimnasios. “Se usan más que antes, pero también generan más fricción”, señala Eliçagaray, y añade que “la digitalización de reservas ayuda, pero no resuelve el fondo del problema, que es la convivencia”

El tema económico atraviesa todo. Las expensas siguen subiendo y ya no distinguen entre edificios con o sin amenities por lo que hay consorcios que entran en tensión financiera permanente.

En paralelo, los alquileres temporarios siguen generando grieta interna. “Hay propietarios que los defienden como ingreso y vecinos que sienten que viven en un hotel. Esa discusión no está cerrada”, puntualiza

Si se cruzan las puertas de la ciudad hacia los barrios cerrados, el panorama cambia de forma, pero no de intensidad. Algunos especialistas consideran que el sueño del verde propio se complejizó.

Además, mantener un country es cada vez más caro. Calles internas, seguridad, espacios deportivos, iluminación. Por eso, muchos barrios están revisando qué servicios pueden sostener y cuáles no.

Y aparece un actor inesperado que se volvió símbolo de época como los carpinchos que son la consecuencia de desarrollos urbanos sobre ecosistemas que reaccionan y generan discusiones reales entre vecinos.

Y hay algo que se repite, tanto en countries como en edificios que son las obras eternas. Barrios en expansión, casas que se amplían, reformas constantes. El ruido y el movimiento no terminan nunca. Eso erosiona la convivencia.

En el medio de todo, la tecnología juega un doble papel: “Digitalizar no es solo pasar todo a una app. Es cambiar la lógica de gestión”

Diez años atrás, la vida consorcial tenía reglas más claras y menos discusión permanente. Hoy es más intensa, más expuesta y más frágil. “La convivencia está más exigida porque la gente también lo está”, cierra.

 

Por Mariela Blanco - Periodista