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Martes, 21 Mayo 2019

 

  
  

juanrubenmarinezobispo1En este cuarto domingo de Pascua, rezamos especialmente por las vocaciones, porque es el domingo del buen Pastor. El texto que leemos en el Evangelio (Jn 10,27-30), nos ayuda a comprender la importancia de rezar por las vocaciones sacerdotales y consagradas y ahondar en esta imagen de Jesús, como Buen Pastor: «Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida Eterna». Hoy también seguimos necesitando que haya jóvenes que escuchen la voz del Señor, sean testigos de sus promesas y decidan con valentía donar su vida a Dios y a sus hermanos, respondiendo al llamado que Dios les hace a la vida sacerdotal o consagrada.


El Papa Francisco nos envía cada año una carta para este domingo. Este año se titula: «La valentía de arriesgar por la promesa de Dios». Allí nos dice:


«La llamada del Señor, por tanto, no es una intromisión de Dios en nuestra libertad; no es una “jaula” o un peso que se nos carga encima. Por el contrario, es la iniciativa amorosa con la que Dios viene a nuestro encuentro y nos invita a entrar en un gran proyecto, del que quiere que participemos, mostrándonos en el horizonte un mar más amplio y una pesca sobreabundante.


El deseo de Dios es que nuestra vida no acabe siendo prisionera de lo obvio, que no se vea arrastrada por la inercia de los hábitos diarios y no quede inerte frente a esas elecciones que podrían darle sentido. El Señor no quiere que nos resignemos a vivir la jornada pensando que, a fin de cuentas, no hay nada por lo que valga la pena comprometerse con pasión y extinguiendo la inquietud interna de buscar nuevas rutas para nuestra navegación. Si alguna vez nos hace experimentar una “pesca milagrosa”, es porque quiere que descubramos que cada uno de nosotros está llamado – de diferentes maneras –, a algo grande, y que la vida no debe quedar atrapada en las redes de lo absurdo y de lo que anestesia el corazón [...] Por supuesto, abrazar esta promesa requiere el valor de arriesgarse a decidir. […] En definitiva, cuando estamos ante el vasto mar de la vocación, no podemos quedarnos a reparar nuestras redes, en la barca que nos da seguridad, sino que debemos fiarnos de la promesa del Señor.


En el encuentro con el Señor, alguno puede sentir la fascinación de la llamada a la vida consagrada o al sacerdocio ordenado. Es un descubrimiento que entusiasma y al mismo tiempo asusta, cuando uno se siente llamado a convertirse en “pescador de hombres” en la barca de la Iglesia a través de la donación total de sí mismo y empeñándose en un servicio fiel al Evangelio y a los hermanos. Esta elección implica el riesgo de dejar todo para seguir al Señor y consagrarse completamente a él, para convertirse en colaboradores de su obra. Muchas resistencias interiores pueden obstaculizar una decisión semejante, así como en ciertos ambientes muy secularizados, en los que parece que ya no hay espacio para Dios y para el Evangelio, se puede caer en el desaliento y en el cansancio de la esperanza.


Y, sin embargo, no hay mayor gozo que arriesgar la vida por el Señor. En particular a ustedes, jóvenes, me gustaría decirles: No sean sordos a la llamada del Señor. Si él los llama por este camino no recojan los remos en la barca y confíen en él. No se dejen contagiar por el miedo, que nos paraliza ante las altas cumbres que el Señor nos propone. Recuerden siempre que, a los que dejan las redes y la barca para seguir al Señor, él les promete la alegría de una vida nueva, que llena el corazón y anima el camino» (Mensaje del Papa Francisco para la LVI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones).


En este domingo rezamos por las vocaciones sacerdotales y consagradas, y pedimos a Dios rezando como Él mismo nos indicó porque la mies es abundante y los operarios son pocos. Quiero agradecer a Dios especialmente por nuestro Seminario Diocesanos «Santo Cura de Ars». Allí están 36 seminaristas de las tres diócesis de Misiones. Esto también nos anima, como Pueblo de Dios, a seguir comprometidos en la oración por las vocaciones. Desde ya agradezco a nuestra gente el cariño y cercanía que demuestran con nuestro Seminario que es el corazón de la Diócesis, y es un signo de esperanza en la tarea evangelizadora de la Iglesia.


Un saludo cercano y hasta el próximo domingo.


 Mons. Juan Rubén Martínez, Obispo de Posadas

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