La Palabra de Dios de este domingo nos plantea el tema de cómo debe ser el banquete del Reino de Dios, es decir, cómo deben ser nuestras celebraciones eucarísticas. La Misa debe ser el momento culminante de las comunidades que quieren vivir la conversión, la comunión y la misión.juanrubenmarinezobispo1 El domingo pasado el Evangelio nos decía: «Y vendrán muchos de oriente y de occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay primeros que serán los últimos» (Lc 13,29-30). En este domingo también los textos bíblicos toman el tema del banquete: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos… ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez y así tengas tu recompensa.

 

Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti porque ellos no tienen como retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!» (Lc 14, 12-14).


El banquete eucarístico, la Misa, está ligada íntimamente a la vida de todo bautizado en una necesaria espiritualidad misionera. La Misa, lejos de llevarnos a una actitud intimista de la fe, nos exige que estemos animados para abrirnos y llegar a los que están más alejados de Dios. Este es el camino que queremos ir asumiendo en nuestra Diócesis y que venimos recorriendo orientados por nuestro Sínodo Diocesano, y el propósito renovado en nuestra última Asamblea de junio, donde buscamos implementar la temática sobre juventud, familia y laicos en nuestras comunidades.


La Iglesia desde sus inicios realizó una apertura misionera a los pueblos paganos y el mismo Apóstol San Pablo se llamaba a sí mismo «Apóstol de los paganos» (cfr. Rom. 11,13). Creo conveniente señalar que la Palabra de Dios y la tradición de la Iglesia, nos permiten profundizar en este rasgo esencial para nuestra época, la de ser una Iglesia que teniendo clara su identidad, sea abierta, y a nosotros como cristianos, que integremos este rasgo tanto en la espiritualidad, como en nuestro estilo evangelizador.


Cuando hablamos de una Iglesia abierta que quiere comunicar los tesoros de la revelación, no debemos confundirnos con algunos males de la época, que creen que ser abiertos es ser relativista. Ser abiertos es amar, dialogar, escuchar, cambiar, aportar, aprender y recuperar, sin perder la propia identidad. Ser abiertos no es mezclar todo, como una especie de sincretismo o de mezcla del bien y del mal, de valores y antivalores. ¿Cuáles son los tesoros de la Iglesia? Los tesoros son los que la Iglesia debe cuidar a través de la historia, lo revelado por el Señor, lo que Él nos comunicó y el Magisterio (las enseñanzas de la Iglesia), que van acompañando con el Espíritu Santo la historia, para que ésta sea nuestra historia de Salvación. Los tesoros de la Iglesia son los pobres y excluidos que en nuestras opciones son la garantía que estamos en la búsqueda de practicar el Evangelio.


Alimentados en el banquete eucarístico, en la Misa, como nos señala el Evangelio de este domingo, debemos salir al encuentro como discípulos y misioneros de «muchos que vendrán de oriente y de occidente, del Norte y del Sur» invitando especialmente «a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos…». Lamentablemente, el problema de la pobreza se va acentuando mientras que algunos pocos acumulan las riquezas sin consideraciones. Por eso es necesario asumir las problemáticas económicas con verdadero compromiso y más allá de las coyunturas, poniendo en el centro a los más pobres.


En el texto de conclusión de Aparecida nos señala: «Esta V Conferencia, recordando el mandato de ir y hacer discípulos (Mt. 28,20), desea despertar la Iglesia en América Latina y el Caribe para un gran impulso misionero. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de "sentido", de verdad y de amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en la espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte» (DA 548). Que la Palabra de este domingo, y cada Misa en donde Cristo se dona por amor, nos permitan tener una espiritualidad misionera.

 

Un saludo cercano y hasta el próximo domingo


Mons. Juan Rubén Martínez, Obispo de Posadas