juanrubenmarinezobispo1El domingo pasado 16 de Agosto hemos vivido un encuentro intenso con nuestros catequistas. Con ellos compartimos la vida, y experiencias del discipulado y la misión de tantos hermanos y hermanas en la fe. Hemos podido agradecer todas las riquezas que Dios va obrando,  y los numerosos desafíos que nos llenan de esperanza. Como observación necesaria tenemos que afirmar que nuestro pueblo realmente tiene una gran religiosidad, pero esta no siempre es suficientemente cristiana, y por lo tanto debemos buscar caminos para evangelizarla. En el documento de la Conferencia Episcopal Argentina, “Navega mar adentro”, se señala la necesidad de evangelizar “la búsqueda de Dios”.

Si bien “el secularismo actual concibe la vida humana, personal y social, al margen de Dios y se constata incluso una creciente indiferencia religiosa. No obstante se percibe una difusa exigencia de espiritualidad que requiere canales adecuados para promover el auténtico encuentro con Dios” (29)

El texto del Evangelio de este domingo (Jn. 6,60-69), puede ayudarnos a entender que no todos los caminos promueven un auténtico encuentro con Dios. Es más, a muchos les cuesta comprender la fe que Jesucristo nos enseña. El texto de San Juan, capítulo seis, se sitúa al final de una larga enseñanza del Señor sobre el pan de vida: “Yo Soy el pan de vida bajado del cielo. El que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan, que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo” (51). Esto escandalizó a muchos de sus discípulos que lo abandonaron porque decían “esta doctrina es inadmisible”. Jesús les preguntó a “los doce”, ustedes también me van a abandonar y Pedro tomando la iniciativa, le dijo a Jesús: “Señor ¿a quién iremos? tu tienes palabras de vida eterna…” (69).

Todos debemos sentir la necesidad de asumir este camino de discipulado o de formación permanente. Debemos agradecer que nuestra gente tenga una fuerte religiosidad y deseos de búsqueda de Dios. Pero es cierto que la religiosidad si no asume un camino de maduración en la fe puede quedar anclada en meras devociones, promesas de un mundo feliz, ligth, que solo son burbujas engañosas, o bien rituales vaciados de compromisos con la vida y hasta con el riesgo de generar desequilibrios afectivos y sicológicos. La fe que nos enseña Cristo, como nos lo dice el texto bíblico de este domingo es una enseñanza y un camino exigente. La fe para los cristianos está ligada al misterio de la Encarnación y de la Pascua. Entre las tantas propuestas religiosas podemos percibir que no son un camino adecuado para un auténtico encuentro con Dios, aquello que nos señala el documento Navega mar adentro: “Además, existen grupos seudo religiosos y programas televisivos que proponen una religión diluida, sin trascendencia, hecha a la medida de cada uno, fuertemente orientada a la búsqueda de bienestar y sin experiencia de que significa adorar a Dios. Ocurre, por lo general, que sorprendidos en su buena fe, y poco formados por la Iglesia, algunos cristianos entran en círculos difíciles de abandonar cuando la desilusión o la mentira quedan en evidencia” (31). Lamentablemente no temen manipular la religiosidad genuina utilizando para su promoción, o venta del producto, a personas ejemplares como la Madre Teresa de Calcuta o el Papa Juan Pablo II, de quienes no dicen que ellos estaban convencidos y amaban a Jesucristo y a su Iglesia, y que se oponían a posturas donde todo se mezcla, “la biblia y el calefón”, “la encarnación y la reencarnación”…
La maduración en la fe nos enseña a actuar con responsabilidad con ese don de Dios y buscar caminos para formarnos, a orar, a asumir valores, como la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad… Sobre todo a vivir el misterio Pascual y la fe eclesial, de tal manera que tengamos una espiritualidad que nos permita ser cristianos en la vida cotidiana. Es importante recordar que la fe que no se “encarna” en la vida, termina siendo una religiosidad vacía y superficial. Lamentablemente estas formas de religiosidad terminan siendo la antesala del secularismo, o provocando la indiferencia de la fe.

 

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas