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Jueves, 12 Diciembre 2019

 

  
  

juanrubenmarinezobispo1En esta reflexión dominical quiero recordar y agradecer a nuestros maestros y profesores. A todos, pero particularmente a los maestros de zonas rurales y a los que con tanto sacrificio viven la vocación maravillosa de la docencia. En mis recorridas pastorales por la Diócesis, cuando me encuentro con nuestros maestros y profesores, no dejo de asombrarme y valorar el trabajo, la entrega y la significación que tiene la presencia de la misión que realizan. El 17 de septiembre es la fecha en la que recordamos a un gran hombre de nuestra historia, José Manuel Estrada. Es el día de su fallecimiento ocurrido en 1894. “Estrada fue profesor, historiador puntilloso y católico practicante. Escritor, periodista y político, todo lo cual lo transformó en uno de los más fieles exponentes del pensamiento argentino en los inicios de la modernidad de nuestra Nación”.

Muchas veces reflexionamos sobre el rol del laico y la necesidad del compromiso entre fe y vida, fe y criterios y fe y cultura. En Estrada y otros tantos hombres y mujeres de ayer y de hoy podemos encontrar testimonios que nos indican que fundamentalmente desde el compromiso de la gente podemos tener esperanza.
En este tiempo y especialmente desde el aporte del acontecimiento y documento de Aparecida tenemos una certeza más profunda sobre la necesidad de asumir nuestra condición de discípulos y misioneros de Jesucristo, cada uno desde nuestra vocación, llamado y misión. En definitiva es señalar que nuestra evangelización será consistente asumiendo el llamado a la santidad, de todos, pero especialmente de los laicos que son la gran mayoría del pueblo de Dios. No dudamos que hay muchos laicos, que son católicos practicantes de su fe. Testimonios que aún en el silencio de la cotidianidad y sin ser noticia, no dejan de ser fecundos y seguramente verdaderos constructores del Reino. Pero lamentablemente en la necesaria evangelización de la cultura de nuestra Patria y Provincia, sobre todo en la dirigencia social, política, económica, comunicacional… notamos que falta mayor presencia de laicos, cristianos practicantes de su fe, desde sus opciones, criterios, acciones que humanicen y pongan valores cristianos en nuestra sociedad. Lamentablemente las luchas de poder, las excesivas estrategias y pragmatismos, oscurecen el que podamos tener horizontes de esperanza en nuestra Provincia y Patria. Necesitamos en estos días que se multipliquen “Los Estradas”, para mejorar la credibilidad de nuestras instituciones, la palabra empeñada, la calidad de vida democrática, y una sociedad con mayor equidad social.
Es probable que todos, incluidos los sacerdotes debamos poner más atención en acompañar con una espiritualidad apropiada a nuestros laicos, para que logren vivir la santidad desde su vocación y misión. Es cierto que algunos laicos cuando se inician en el proceso de conversión tienden a encerrarse en la dimensión religiosa, especialmente a profundizar actos de piedad y a ligarse con aquellos con quienes se sienten contenidos, y con quienes comparten la misma fe. Pero ocurre que a veces no ligan suficientemente esa fe y el llamado a la santidad en las cosas de la vida diaria, tanto familiares como sociales, en criterios y opciones ligados a la justicia, a la verdad, a compromisos de ciudadanía. Desde ya que la fe que no es practicada, o se va perdiendo, o bien se va tornando en algo ideológico, o en una religiosidad ritualista y pagana.
Entre las dificultades que nos presenta el medio ambiente y antivalores que forman parte de nuestra cultura está el exceso de luchas por espacios de poder, puestos, envidias o celos del que ha obtenido algunos logros que muchas veces son válidos, que dificultan vivir el trabajo, o bien la vocación como servicio al bien común.
El Señor en el texto del Evangelio de este domingo (Mc.8,27-35), señala las exigencias del discipulado: “El que quiere venir detrás de mis, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi y la Buena Noticia, la salvará.” (Mc.8,34-35). Sin una fe simple y humilde es difícil entender que amar es dar la vida, y este es el código de la verdadera felicidad. Aunque es difícil, muchos cristianos entienden este llamado y lo viven en la cotidianidad.
Aún sabiendo que muchas veces el medio ambiente es adverso a las propuestas del cristianismo, también sabemos que es posible ser mejores cristianos. El ejemplo de José Manuel Estrada nos puede ayudar.


¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

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