Columna de opinión de Claudia Armesto, Directora de Empatía Comunidad, que propone una mirada sobre el liderazgo a partir de la experiencia de la Selección Argentina y el estilo de conducción de Lionel Scaloni.
La Selección Argentina ofrece una mirada sobre otra forma de conducir: con propósito, humildad, respeto, cuidado emocional y sentido de equipo. Un liderazgo que no se limita a alcanzar resultados, sino que también construye vínculos, pertenencia y memoria compartida.
Cuando hablamos de liderazgo solemos pensar en empresas, equipos, objetivos, decisiones y resultados. Sin embargo, liderar también es educar. Quien conduce transmite, a través de sus palabras y de sus acciones, una manera de entender la autoridad, el éxito, el error, la convivencia y el vínculo con los demás.
En ese sentido, la Selección Argentina permite observar mucho más que una experiencia deportiva. El equipo conducido por Lionel Scaloni representa una forma de liderazgo que combina exigencia con cuidado, ambición con humildad y competitividad con respeto.
No se trata de idealizar a una persona ni de afirmar que un grupo está exento de conflictos, tensiones o equivocaciones. Se trata de reconocer una cultura de equipo que logró instalar una identidad colectiva, en la que el talento individual no parece estar por encima del propósito común.
La Selección sale a ganar, pero intenta hacerlo sin perder la dignidad. Compite, pero no necesita minimizar al rival. Reconoce sus logros, pero también revisa su desempeño. Celebra, pero mantiene la humildad. Y, sobre todo, comprende que detrás de cada jugador existe una persona, una historia, una familia y una dimensión emocional que también necesita ser cuidada.
Un equipo no se construye solamente en la cancha
Uno de los aspectos más valiosos de este liderazgo es la importancia otorgada a los momentos compartidos fuera de la competencia: los asados, los encuentros con las familias, las conversaciones y las experiencias de convivencia.
Estos espacios no son accesorios ni simples momentos de distensión. También forman parte de la construcción del equipo.
Una comunidad no se sostiene únicamente mediante objetivos, entrenamientos y resultados. Se construye alrededor de una mesa, en las conversaciones cotidianas, en la posibilidad de conocer la historia del otro y en los vínculos que nacen cuando las personas pueden encontrarse más allá de la función que desempeñan.
Con el paso del tiempo, quizás los integrantes del equipo no recuerden cada resultado, cada jugada o cada estadística. Recordarán cómo se sintieron, quién estuvo a su lado en los momentos difíciles, cómo celebraron juntos, cómo se acompañaron cuando las cosas no salieron como esperaban y qué significó formar parte de esa experiencia.
Esa memoria emocional es uno de los legados más profundos de un liderazgo.
Las personas pueden olvidar una instrucción, una reunión o incluso un resultado. Pero difícilmente olviden si se sintieron reconocidas, cuidadas y parte de algo significativo.
En las organizaciones ocurre lo mismo. Los vínculos no pueden imponerse desde un organigrama. Se construyen mediante experiencias compartidas, conversaciones honestas, reconocimiento, confianza y cuidado mutuo.
Cuando un equipo encuentra espacios genuinos para conocerse, compartir y celebrar, aumenta su capacidad de colaboración. También mejora su disposición para pedir ayuda, asumir riesgos, atravesar errores y sostenerse frente a la presión.
El valor emocional del rendimiento
El liderazgo empático no consiste en reducir la exigencia ni en evitar las dificultades. Tampoco significa proteger a las personas de toda frustración. Consiste en acompañarlas sin deshumanizarlas.
Quien lidera empáticamente comprende que el rendimiento no depende solamente de la capacidad técnica. También se relaciona con la confianza, la seguridad emocional, la pertenencia y la certeza de que nadie tendrá que enfrentar en soledad los momentos más complejos.
Scaloni parece haber entendido que quienes ingresan a la cancha no son únicamente deportistas de alto rendimiento. Son personas atravesadas por expectativas, temores, presiones, responsabilidades familiares y experiencias personales.
Reconocer esa dimensión humana no debilita la autoridad. Por el contrario, permite crear condiciones para que cada integrante pueda desplegar su mejor versión.
En el ámbito organizacional, muchas veces se espera que las personas dejen sus emociones, preocupaciones y dificultades en la puerta de la empresa. Pero las personas no se fragmentan de esa manera. Llegan al trabajo con toda su historia.
Un liderazgo que ignora esa realidad puede obtener obediencia durante algún tiempo, pero difícilmente pueda construir compromiso, confianza y aprendizaje sostenible.
No hay estrellas aisladas: Hay una trama humana
Otro de los aprendizajes que ofrece esta Selección es que el talento individual puede convivir con una fuerte identidad colectiva.
Existen figuras extraordinarias, pero el equipo no parece construirse alrededor de una lógica de protagonismos aislados. Cada integrante ocupa un lugar, asume una responsabilidad y comprende que puede ser necesario en un momento determinado.
El liderazgo empático no busca borrar las diferencias de experiencia, capacidad o jerarquía. Busca evitar que esas diferencias se conviertan en privilegios que deterioren la confianza.
Una cultura centrada exclusivamente en las estrellas suele generar dependencia, competencia interna y fragilidad. Una cultura de equipo, en cambio, distribuye la confianza, reconoce las contribuciones y entiende que ningún logro importante es completamente individual.
Un grupo no se convierte en equipo solamente porque comparte una camiseta, una oficina o un proyecto. Se vuelve equipo cuando encuentra un propósito común, desarrolla confianza y comprende que el desempeño de cada persona afecta al conjunto.
Respetar al rival también construye identidad
Otra característica de este liderazgo es el respeto por quien está enfrente.
La Selección compite con intensidad, pero sin construir su identidad desde la descalificación del adversario. Reconocer el valor del rival no significa perder ambición ni disminuir el deseo de ganar. Significa comprender que la fortaleza propia no necesita apoyarse en la humillación del otro.
Esta mirada también resulta necesaria en el mundo empresarial.

Claudia Armesto es Licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires (UBA), fundadora y presidenta de Empatía Comunidad, y especialista en comunicación con propósito, liderazgo empático y transformación cultural.
Todavía existe la idea de que para posicionarse hay que minimizar a la competencia, exagerar las propias capacidades o instalar una lógica permanente de confrontación. Sin embargo, una cultura madura puede defender sus intereses, competir y buscar resultados sin degradar a los demás.
Salir a ganar sin perder la dignidad también es una forma de liderazgo.
El resultado importa, pero también importa cómo se llega a él.
Separar a la persona del resultado
Un partido puede ser bueno, regular o malo. Una decisión puede ser acertada o equivocada. Un desempeño puede cumplir o no con las expectativas. Pero ningún resultado debería definir de manera absoluta el valor de una persona.
Una de las herramientas centrales del liderazgo empático consiste en separar a la persona de su desempeño.
No es lo mismo describir una conducta, analizar un proceso y conversar sobre una mejora que convertir un error en una etiqueta personal.
Decir “este resultado no fue el esperado” abre una posibilidad de análisis. Decir “sos un fracaso” clausura esa posibilidad y daña la identidad.
Cuando convertimos un error en una etiqueta, enseñamos miedo. Cuando lo transformamos en una conversación, enseñamos reflexión, responsabilidad y aprendizaje. Este principio es válido tanto para las organizaciones como para la educación de las infancias.
La exigencia no desaparece. Se vuelve más clara, más justa y más constructiva.
Las 3R del Propósito aplicadas al liderazgo
La experiencia de la Selección también puede analizarse desde las 3R del Propósito: reducir, repensar y resignificar.
Reducir el ruido, los prejuicios y las reacciones impulsivas que pueden alejar al equipo de su objetivo.
En contextos de presión, un líder necesita distinguir entre aquello que aporta información y aquello que solamente genera tensión, temor o confusión.
Repensar las interpretaciones automáticas.
Una derrota no convierte a un equipo en un fracaso. Una victoria tampoco significa que todo haya sido perfecto. Repensar permite revisar el desempeño sin caer en conclusiones absolutas.
Resignificar los conflictos, los errores y las dificultades como oportunidades de aprendizaje.
No se trata de romantizar los problemas ni de negar sus consecuencias. Se trata de preguntarse qué pueden enseñar, qué necesitan transformar y cómo pueden fortalecer al equipo.
Antes de reaccionar, un líder puede preguntarse: ¿qué ruido necesito reducir?, ¿qué interpretación debería revisar?, ¿cómo puedo convertir esta situación en una experiencia de aprendizaje?
Liderar también es educar
Quien ocupa un lugar de conducción siempre está enseñando algo.
Enseña cuando escucha antes de interpretar. Cuando explica sus decisiones. Cuando reconoce un error. Cuando establece límites sin humillar. Cuando protege la dignidad del equipo. Cuando permite que las personas expresen su voz. Y cuando muestra que la autoridad puede ejercerse sin deshumanizar.
La Selección Argentina representa, en este sentido, una experiencia valiosa. Muestra que se puede buscar la excelencia sin construir una cultura del miedo. Que se puede reconocer el talento sin romper el sentido colectivo. Que se puede atravesar la presión sin perder la sensibilidad.
También muestra que el legado de un equipo no se encuentra solamente en los campeonatos, las estadísticas o los reconocimientos.
El legado está en la cultura que queda instalada. En la manera en que las personas aprendieron a vincularse. En los momentos compartidos. En las familias que formaron parte del recorrido. En los asados, las conversaciones, las celebraciones y los silencios. En la certeza de haber sido parte de una comunidad que supo acompañar.
Tal vez, con el paso de los años, lo más importante no sea recordar cuántos partidos se ganaron, sino cómo se sintieron mientras recorrían ese camino.
Porque los equipos no recuerdan solamente lo que lograron. Recuerdan cómo se sintieron mientras lo construían, quién estuvo a su lado y de qué manera fueron acompañados.
Y quizás allí se encuentre una de las enseñanzas más profundas del liderazgo de Scaloni: ganar no consiste únicamente en alcanzar un resultado. También consiste en preservar la humanidad de quienes hicieron posible ese logro.
Con más de 25 años de trayectoria, acompaña a empresas e instituciones en el desarrollo de estrategias de comunicación, cultura organizacional y construcción de comunidades más humanas, inclusivas y sostenibles. Su trabajo se enfoca especialmente en sectores como real estate, arquitectura, desarrollo urbano, innovación, tecnología, agroindustria, educación, salud y sustentabilidad.
Es creadora de marcos conceptuales propios como la Metodología 5D de las Organizaciones, Las 3R de la Comunicación con Propósito, el Embudo Estratégico del Propósito y Empathy Community Certified (ECC).
Es autora del libro ¿Cómo desarrollar organizaciones empáticas? El poder de la Metodología de Gestión de Organizaciones 5D: Conexiones Empáticas, cuya licencia fue adquirida por el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires para su incorporación a la Biblioteca Pública Digital Jorge Luis Borges.
Además, es creadora y conductora del podcast RE|DECIR – Las 3R del Decir, y publica artículos y columnas sobre comunicación, liderazgo y cultura organizacional en medios especializados.
Por Claudia Armesto, comunicóloga, fundadora de Empatía Comunidad y especialista en liderazgo empático y transformación cultural
Empatía Comunidad